Conquistadores de lo inútil: ¿por qué subimos montañas?
A finales de 2015 subí mi primera montaña: el Nevado de Toluca, con sus 4.680 metros.
En esa época casi no pisaba un gimnasio. Estaba estudiando mi maestría y enfocada en trabajar y estudiar. Nunca me había interesado el ejercicio y, siendo honesta, fui sin tener muy claro a qué me enfrentaba, víctima del marketing de las fotos de esa laguna hermosa rodeada de nieve.
El cerebro tiende a olvidar el sufrimiento, pero recuerdo bien que el ascenso me costó. El día estaba nublado, la vista no era nada espectacular… pero al llegar a la cumbre sentí por primera vez esa mezcla tan particular de logro y orgullo. Estaba en la cima. Yo lo había hecho.
Podría decir que es algo que se vuelve adictivo. Esa misma noche pensé en el Everest por primera vez y, una semana después de bajar, ya había hablado con una marca y tenía mi primer patrocinio para subir las montañas más populares de México: el Iztaccíhuatl y el Pico de Orizaba.
No tenía seguidores ni redes, pero siempre fui una persona decidida, y los convencí de que valía la pena apostar por mí.
Pocos meses después estaba en el Himalaya, subiendo mi primera montaña de más de 6.000 metros, Island Peak; luego en Bolivia haciendo otras tantas y ese mismo fin de año en el Aconcagua, rozando los 7.000.
¿Qué tiene la montaña que te atrapa?
Como líder de expediciones se lo he preguntado a muchísima gente. ¿Por qué nos gusta tanto un deporte en el que muchas veces sufrimos caminando con temperaturas bajo cero, cargando mochilas pesadas, despertándonos a medianoche después de haber dormido poco, lejos de cualquier comodidad?
Siempre juramos que no vamos a volver… y una semana después estamos planeando la siguiente expedición.
No hay una sola respuesta. Todos somos distintos.
En mi caso, creo que la principal atracción es el sentido de logro auténtico que llega con cada cima. Y digo auténtico porque no es solo simbólico: es real. Tu cuerpo lo hizo.
Yo nunca fui una persona con buena condición física. Por eso, todo ese cansancio, ese dolor y ese esfuerzo hacen que valore mucho más cada logro. Mi autoestima se fortalece, porque si fui capaz de llegar hasta ahí, me siento capaz de cualquier cosa. Empieza a desaparecer la idea de lo imposible.
Otro punto fundamental son las personas que conoces en el camino. Al principio muchos creen que la cumbre es lo más importante, pero con el tiempo entiendes que quienes caminaron contigo son los que hicieron que cada expedición realmente valiera la pena.
Mi tercer motivo son los estados mentales a los que se puede llegar después de horas caminando.
Yo veo la montaña como una meditación en movimiento. Entro en una especie de piloto automático, en el que a veces siento que salgo de mi propio cuerpo. Encuentro la calma total: solo escucho mi respiración, siento la nieve bajo mis crampones, en cada pisada, veo el brillo de esa nieve con los primeros rayos del sol, y me sé afortunada de estar en un lugar al que muy pocas personas llegan.
Con el tiempo también entendí algo más incómodo,doloroso, pero necesario: nuestra obsesión con la cumbre.
Ese aprendizaje llegó a mí de una forma dura.
Cuando intenté Everest la primera vez tuve que bajar desde los 8.000 metros por clima y porque otros integrantes de la expedición estaban enfermos de COVID.
Fue un golpe enorme. Caí en una depresión que duró meses.
Había invertido todos mis ahorros y durante mucho tiempo no pude comprender que ese ¨fracaso¨ terminaría convirtiéndose en uno de mis mayores aprendizajes- y con perspectiva, en uno de los éxitos más grandes de mi vida.
La cumbre es visible, se puede fotografiar, se puede contar, se puede convertir en número, en récord, en publicación. Es fácil confundirla con el objetivo real.
Pero la montaña no empieza ni termina ahí.
Empieza en los entrenamientos silenciosos, en las dudas, en el miedo antes de salir de la carpa cuando suena tu alarma a media noche, en las ampollas, en el cansancio, en la paciencia con el ritmo del otro, en aprender a pedir ayuda y en saber cuándo ofrecerla. Empieza en los pasos lentos, en las conversaciones a media madrugada, en los errores, en las renuncias y también en los fracasos.
La cumbre dura unos minutos.
El camino, días. A veces meses. A veces años.
Y, sin embargo, muchos llegamos creyendo que todo se trata de llegar arriba.
La montaña, con una elegancia brutal, se encarga de acomodarte el ego. Te recuerda que no sos invencible, que no controlas el clima, ni tu cuerpo, ni el ritmo del mundo. Te enseña humildad a través del cansancio, respeto a través del miedo y gratitud a través de la vulnerabilidad.
Uno sube pensando que va a conquistar algo.
Y termina entendiendo que lo que realmente pasa es lo contrario: la montaña te conquista a ti.
Te quita capas. Te deja más simple, más honesto, más pequeño… y al mismo tiempo más fuerte.
Por eso, aunque seguimos soñando con cumbres y con alturas, quienes volvemos una y otra vez sabemos que lo verdaderamente valioso no está en ese punto más alto, sino en todo lo que nos transforma antes de llegar ahí.
La cima es solo un punto en el camino.
El verdadero viaje ocurre mucho antes… y continúa mucho después de haber bajado. La montaña no alimenta el ego, lo desarma